Era el último otoño; la tarde, avanzaba lentamente en un navío de enredados silencios sobre el jardín, camino del crepúsculo.
Laila y Pablo llegaban de un largo viaje, habían medido su trayecto en campos de lavanda y trigo; y a su llegada les recibían un extenso mar y huertos de maíz y manzanos... de adelfas y camelias en flor.
La blanca mirada de Laila sobre los azules que predominan en el hotel acertaba a comprender la claridad que se filtraba a través de las cerámicas y los tapices de la habitación.